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La guerra fría tecnológica entre EE.UU. y China: cómo beneficiarse de esta nueva realidad

  • Las inversiones en megatendencias como la tecnología, la sostenibilidad o la sociodemografía van a salir reforzadas

Empezaremos 2021 con un cambio sustancial en la Casa Blanca y con una previsible mejora en la retórica en las relaciones internacionales sinoestadounidenses. Sin embargo, estamos lejos de ver un gran acercamiento entre Estados Unidos (EE.UU.) y China. Uno ha mantenido la supremacía económica, tecnológica y militar durante los últimos tres cuartos de siglo, mientras que el segundo ha crecido tanto en las últimas dos décadas que los intereses globales del primero y del segundo empiezan a encontrarse.

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Escapar de la Trampa de Tucídides

En 2015, Graham Allison, profesor de la Universidad de Harvard, escribía un artículo en el que analizaba los conflictos históricos ocurridos a partir del roce de dos potencias. Por una parte, una nueva y emergente y, por la otra, una hegemónica y consolidada.

Es lo que se conoce como la Trampa de Tucídides, que fue uno de los primeros grandes historiadores de Europa y que fue militar y a la vez cronista de la guerra que enfrentó a Atenas y Esparta en el siglo V a. C. El paradigma histórico de la Antigua Grecia se adapta muy bien a lo que el profesor Allison quiere explicar: cuando una potencia creciente empieza a prosperar, a expandirse y a ganar poder económico, llegado el momento, la emergente supone una amenaza a la hegemonía de la ya establecida potencia y la relación entre ambas se deteriora.

Ahora bien, es muy improbable que veamos a las actuales potencias enfrentarse más allá de lo verbal y de la imposición de aranceles. El principal motivo es que EE.UU. y China son, a fin de cuentas, socios comerciales. Ambos tienen inversiones, empresas y capital humano en el seno del otro, y los dos se benefician de la existencia del contrario. De hecho, EE.UU. y la URSS tenían una relación mucho más distante en materia de intereses económicos y comerciales que EE.UU. y China hoy en día. Dada esta relación, pueden escoger aumentar el grado de proteccionismo en algunos aspectos de su relación, pero en ningún caso sus personas y empresas saldrán ganando de un distanciamiento total entre los dos bloques. Y es muy improbable que esto ocurra.

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La carrera tecnológica y la riqueza de las naciones

Uno de estos episodios más recientes de confrontación entre potencias, y que afortunadamente no dio lugar a un conflicto armado, fue la Guerra Fría. Se trata de un episodio que duró más de cuatro décadas y que sumó el mundo al miedo y a la amenaza constante. No obstante, fue mucho también lo positivo que aportó la competición entre estos dos gigantes: el microondas, la televisión, la tecnología aeroespacial, los circuitos integrados, la base de la electrónica de hoy en día, el láser, usado desde las comunicaciones hasta en la biotecnología, la fibra óptica o el internet. Son muchos los avances tecnológicos que tuvieron lugar en esta etapa y el ansia de supremacía tecnológica de los dos líderes explica en parte esta época tan fructífera en aportes científicos e innovadores.

Vista la evolución de la historia del siglo XX podemos esperar unas tensiones similares: pacíficas en lo relativo al uso de la fuerza, pero con cierto grado de tensión en lo verbal, en lo diplomático y en lo comercial. Y también se prevé una profundización de la carrera tecnológica. Nos encontramos en la Cuarta Revolución Industrial y los dos bloques a cada lado del Pacífico van a aprovechar los avances tecnológicos para consolidar su supremacía.

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Según la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), el gasto en I+D de EE.UU. estaba en 2018 entorno a los 550.000 millones de dólares y en China, alrededor de los 462.000 millones, con previsión de sobrepasar a EE.UU. en pocos años si se mantiene el incremento que se viene produciendo. Las motivaciones de esta competición tecnológica las podemos ver con dos ángulos distintos, uno geoestratégico y otro más bien económico, y los dos van a proporcionar inimaginables aportes de riqueza, desarrollo e innovación durante las próximas décadas.

La geoestratégica será la que seguramente enfrente a los dos actores de forma más ardua. Lo hemos visto últimamente con la red 5G, con los móviles de Huawei y con la red social Tik Tok. El proveedor que construye estos soportes puede tener acceso a los datos que estos almacenan, emiten o reciben, a través de las llamadas "puertas traseras" de sus sistemas. En el momento en el que estos dispositivos e infraestructuras crecen, así como lo hacen sus capacidades para acceder a datos de millones de personas, empresas y entidades públicas de un estado, el país que no es productor de esta tecnología y que la importa se vuelve vulnerable ante aquel otro territorio que sí que tiene la capacidad de producirla y de subministrarla.

La segunda motivación es de naturaleza económica. A lo largo de la historia los imperios han querido ampliar su riqueza con tierras, oro, petróleo o minas de carbón, pero las nuevas riquezas actuales no son recursos naturales y menos aún tangibles. Las compañías que más han crecido en riqueza en la última década y que hoy constituyen una de las inversiones con mayor potencial del growth, como Apple, Amazon, Alphabet (Google) o Facebook, se han construido sobre el reconocimiento de la marca, los datos, los algoritmos y, sobre todo, la propiedad intelectual.

Esta riqueza, que a la vez constituye fuente de más riqueza, son los recursos naturales del siglo XXI y aquello por lo que las mayores potencias van a competir. Lo que anteriormente se traducía en invasiones de territorio con recursos naturales hoy en día se han convertido en transferencias forzadas de tecnología y espionaje industrial. Actualmente vale más el algoritmo de Google y sus últimos avances en inteligencia artificial o computación cuántica que un pozo de petróleo.

Las megatendencias de inversión se verán beneficiadas por esta carrera tecnológica

China está emulando cada vez más el modelo estadounidense de consumo: su economía depende más del comportamiento de su consumidor doméstico y no tanto de las exportaciones que le son demandadas del resto del mundo.

Sumado a esta palanca de crecimiento, China también ha decido apostar por el crecimiento que brinda la inversión en tecnología. Los resultados que ha obtenido EE.UU. durante las últimas décadas haciendo uso del I+D no han pasado desapercibidos para el gigante asiático, que durante los últimos años ha creado sus propios Facebook, Apple y Amazon, entre muchos otros, para poder ser tecnológicamente independiente de EE.UU. y apostar por el crecimiento orgánico de su propia economía. Y lo ha conseguido.

Actualmente los 1.400 millones de habitantes en China no tienen por qué comprar un iPhone cuando quieren un smartphone, pueden comprar un Huawei o un Xiaomi. Tampoco tienen por qué comprarlo en Amazon y alimentar los beneficios de la compañía americana, lo pueden hacer en Alibaba. Para buscar un artículo, no hace falta que se conecten a Google, aparte de porque está prohibido en la China continental, porque ya tienen su propio buscador, Baidu. Y si quieren compartirlo con alguien, pueden hacerlo a través de WeChat (de Tencent Holdings) en vez de WhatsApp, o a través de Tik Tok en vez de Snapchat. Su mercado de 1.400 millones de consumidores, más de cuatro veces el tamaño del estadounidense, lo han sabido conservar para ellos y la inversión que están efectuando en tecnología otorga munición para asegurar un crecimiento sólido durante la próxima generación.

Son varias las formas en las que se puede invertir y aprovechar estas oportunidades. Una de ellas con más éxito en este último año son las inversiones temáticas o megatendencias. A partir de este tipo de productos, la apuesta se focaliza en una megatendencia subyacente, ya sea tecnológica (como inteligencia artificial, redes sociales o cloud); sociodemográfica (envejecimiento de la población, auge del consumidor en mercados emergentes o hábitos más saludables); o de sostenibilidad (apuesta por el medioambiente, o por compañías que generan impacto social positivo y más transparentes).

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La pugna por la supremacía tecnológica entre estas dos naciones no es un juego de suma cero, sino una competición que beneficiará al mundo entero con inimaginables avances en biotecnología, inteligencia artificial, energías renovables y sociedades más sostenibles. Estamos adentrándonos en una nueva revolución y como inversores podemos contribuir y beneficiarnos utilizando estas estrategias temáticas para aprovechar el momento.

*Por Javier Rúa, experto del área de Dirección de Estrategia de Clientes de Banco Sabadell

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